
Año 1324, Inglaterra. Cuenta la leyenda, que
Robin Hood era un muchacho perteneciente a la alta clase inglesa que vivía fuera de la ley escondido en el Bosque de Sherwood, entre las montañas, cerca de la ciudad de Nottingham. Experto en el manejo del arco y flecha, Hood era un defensor de los pobres y oprimidos, enemigo número uno del entonces príncipe inglés Juan Sin Tierra, un monarca explotador de su pueblo. Fue así que este Robin robaba a los enriquecidos ilegítimamente y distribuya el botín entre los que no tenían nada.
Año 1974, Argentina. El presidente
Juan Perón acababa de inclinar su balanza a favor del movimiento sindical, -que no era el mismo de treinta años atrás que lo convirtió en líder absoluto- y expulsaba a esos chicos, a los que alguna vez definió como la “juventud maravillosa” de la Plaza de Mayo. Estúpidos e imberbes fueron los dardos que salieron de su boca contra ellos.
Hacia tiempo que Perón se había inclinado, en primer lugar a favor de su ministro
José López Rega, luego por el grupo ultraderechista Concentración Nacional Universitaria (CNU). La tercera pata de su elección fue la burocracia sindical, mote destinado a los dirigentes gremiales, que nació tiempo después del 17 de Octubre de 1945 al compás de las políticas estatales peronistas y los altos progresos de la clase obrera. Fueron esos mismos dirigentes, los que consagraron al entonces secretario de Trabajo, Perón, presidente de la Nación y máximo conductor del país, que a su vez fueron los referentes de la resistencia peronista proscripta tras el golpe del 55 y que ya situados en puestos claves dentro de los gremios, se atornillaron en sus secretariados recurriendo al apriete y censura de listas opositoras, fraudes electorales, todas aquellas malas copias de la mafia sindical de los Estados Unidos. Los mismos dirigentes que entregaron las conquistas laborales por las que tanto habían luchado. Par algunos, un ejemplo de la clase de dirigente sindical de esos años, podía ser
Augusto Vandor, ejecutado por traidor a los trabajadores por el entonces Ejército Nacional Revolucionario, organización guerrillera que poco después se unió a los Montoneros. O
José Rucci , también metalúrgico, asesinado por el mismo grupo de esos chicos “montos” que había rajado Perón de la Plaza.
Por lo tanto en la elección del viejo líder, no formaban parte el grupo más grande de militantes jóvenes que había nacido 6 años atrás y se había dado a conocer públicamente ejecutando por traidor a la Patria, a Pedro Aramburu, la cara del golpe y las bombas del 55, el destierro de Perón, los fusilamientos sin juicio previo y la censura total a los militantes peronistas.
¿La historia argentina es un recuento de la
Ley del Talión, ojo por ojo, diente por diente?... No fue perseguido hasta morir
Juan Lavalle luego de mandar a fusilar sin un juicio previo a su ex compañero del Ejército sanmartiniano,
Manuel Dorrego?, y décadas atrás, el abogado y periodista
Mariano Moreno no fue envenenado en alta mar por sus enemigos?,
Juan M.De Rosas no fue el odio que se resumía en
José de Urquiza y su frase mentirosa, ni vencedores ni vencidos ?. Vaya paradoja, ese mismo dicho repetiría
Eduardo Lonardi cuando derrocó a Juan Perón. Pero detrás de Lonardi estaba la mano de hierro de
Pedro Aramburu quien acabaría con el gobierno democrático peronista… precisamente este Apunte tiene que ver con él, con Aramburu y su muerte en mayo del 70 y por quienes lo ejecutaron, esos chicos que en el final no eligió Perón. Aramburu pagó con la vida el odio, el secuestro del cadáver de Evita y el fusilamiento sin juicio previo de
Juan Valle y los civiles en León Suárez. Aramburu pasó a la muerte en nombre de Perón por perdonas que podrían ser sus nietos.
Pedro Aramburu fue para sus verdugos la cara visible del desarme del trípode que Perón construyó entre 1946 y 1955: soberanía política, independencia económica y justicia social y el andamiaje absoluto: la organización de la masa laboral desde el sindicalismo, alta producción industrial y de todo para los trabajadores.
La oligarquía argentina nunca perdonaría a ese hombre, encima militar, que había osado vencerlos y enfrentarlos.
Siempre se trató de ser un caudillo, esa figura nacida de los llamados gauchos, que eran los jinetes que la oligarquía incipiente no quería para la idea de Nación que se quería para algunos, poco después de la independencia de España. Así lo había entendido Juan Manuel de Rosas cuando fue elegido gobernador de Buenos Aires en 1835. Rosas nunca despreció a las clases más bajas, a esos paisanos. “Soy un gaucho entre los gauchos, soy su abogado. Los protejo de mi propia clase”, diría Rosas. Más de un siglo después, Juan Perón aplicaría la misma política. Pero de nada servía darle un líder a una masa anárquica. A la corta o larga, lo ahorcarían.
Perón como Rosas también eran traidores a su clase. Pero ninguno se animó a realizar una revolución industrial y siguieron respetando el modelo agroexportador de la clase oligarca.
Pero en 1974, aquellos verdugos, los Montoneros, cuyo nombre venía en reconocimiento a las montoneras de los caudillos provinciales como el nombrado Rosas, el riojano Facundo Quiroga, el oriental José Artigas, fueron excluidos del sistema peronista y se volvieron contra el. Perón murió y no posibilidad de reconciliación con aquellos jóvenes que morían y luchaban por su nombre.
¿Qué diferencia había entra la dictadura militar de Ongania, Lanusse y compañía y el gobierno de la esposa de Perón, su sucesora, López Rega y su grupo paramilitar denominada Triple A?
Fue el asesinato de José Rucci, entonces titular de la CGT, para algunos la cara de la burocracia sindical y hombre de total confianza del viejo Perón lo que agotó la paciencia del viejo líder hacia los Montoneros?
En ese año 1974 el grupo enorme volvió a la clandestinidad y alta vocación de corte militar más que militante, compuesto por pelotones y columnas denominadas con los nombres de montoneros asesinados como
Fernando Aval Mediana –el ejecutó a Aramburu- o
José Sabino Navarro.
Vinieron los secuestros a empresarios –como el de a Bunge y Born- o del gerente Alberto Bosch de Molinos Río de la Plata S.A, que sería asesinado. El dinero del rescate, tal Robin Hood fue repatriado a los más pobres. Otra: los trabajadores despedidos por militantes fueron re incorporados a las empresas.
Robin Hood falleció en combate. Los Montoneros abrieron el camino de su final por tres motivos: en primer lugar, la implementación de la violencia indiscriminada, al margen que algunos merecían castigo. Uno ellos, primero en la lista fue Alfredo Villar, jefe de la Policía Federal isabeliana, un personaje impopular y odiado por casi todos, sobre todo cuando mando a fusilar a la compañera del líder del ERP, Santucho o cuando dio la orden de atacar al velatorio del abogado Rodolfo Ortega, primer victima de la Triple A de López Rega. El segundo, la matanza a todo trapo contra policías, sobre todo a la Bonaerense, la misma que alguna vez había ayudado en las sombras a las actividades montoneras, en estado de enojo puro hacia su homónima de la Federal por “bancar” a la Triple A.
Los líderes Montoneros no siguieron el legado de Robin Hood y optaron por el método de
Carl Von Clausewitz, militar prusiano, uno de los más influyentes historiadores y teóricos de la ciencia militar moderna. “La guerra no es un fenómeno independiente, sino la continuación de la política por otros medios”. No siempre política y guerra van de la misma mano. Ese modelo obligó al que fue el grupo guerrillero urbano más grande de toda la historia americana a responder a las acciones del enemigo en vez de conservar la iniciativa y otras serías las consecuencias…este Apunte continuara.
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