20/12/12

Prohibido olvidar




Las sociedades sin memoria están condenadas a repetir los mismos errores. Tropezar con la misma piedra. Fue y es así.
Las mismas calles porteñas y alrededores de la Plaza de Mayo, la principal de la Argentina, donde ayer dirigentes opositores realizaron una marcha, hace once años atrás fue centro de una epopeya teñida de sangre de argentinos que dijeron basta a un modelo de país que se había iniciado con la dictadura cívico/militar tras el golpe de 1976. Entiéndase la parte civil del derrocamiento de un gobierno democrático, cuando ayer, mientras se realizaba la marcha en la Plaza, la Justicia condenaba a prisión perpetua al ex ministro Jaime Lamont Smart, el primer civil sentenciado por crímenes de lesa humanidad, como muy bien destacó el portal del centenario diario La Nación, el matutino que fundó Bartolomé Mitre para justificar el genocidio del que fue protagonista de la guerra del Paraguay y custodiar desde sus páginas un relato histórico hipócrita.
Toda la historia es la historia. Todo el pasado es el pasado. Aunque a veces un Mitre prefiera quedarse con sólo una parte de ese pasado, seleccionando ingenua o engañosamente una época, una línea, unos personajes, y queriendo eludir tiempos, ignorar hechos y omitir actuaciones, como diría el gran pensador y recientemente fallecido Gustavo Cirigiliano, quien dijo: "los argentinos somos el conquistador y el indio, el godo y el patriota, la pampa privilegiada y el interior relegado, el inmigrante esperanzado y el gaucho condenado. Somos los dos, no uno de ellos solamente. Si nos quedamos con uno de los dos, siempre llevaremos a cuestas un cabo suelto sin anudar, siempre cargaremos un asunto inconcluso que no lograremos cerrar, siempre habrá un pedazo de nosotros que no lograremos integrar. Y todo aquello que uno no contacta ni incorpora y, por tanto, no cierra, eso no desaparece, continúa llamando, sigue siendo un mensaje en espera de ser recibido, reclamando, ser escuchado".
Contradicciones, como la de los dirigentes de la UCR, ayer presentes en la Plaza, sin un mea culpa de lo que sucedió once años atrás en ese mismo escenario. Una matanza. La dirigencia radical debería hacerse cargo y pedir perdón por la masacre con que se despidió su último gobierno, con cinco muertos en la Capital y otros treinta en el resto del país, en aplicación de un estado de sitio ilegal que nunca declaró el Congreso Nacional.
Los radicales siguen esa línea de no perdón, al aún no reconocer el crimen de fusilar 1500 trabajadores, en lo que se llamó a los ojos de la historia con el nombre de la Patagonia rebelde o Patagonia trágica, que fue la lucha protagonizada por los trabajadores anarcosindicalistas en rebelión de la provincia de Santa Cruz, entre 1920 y 1921, reprimida por el Ejército al mando del teniente Héctor Varela, autorizado y avalado por el entonces presidente radical, Hipólito Yrigoyen.

Un cuarto de siglo de políticas neoliberales significó el derrumbe del gobierno de otro radical, el cordobés Fernando de la Rúa por haber hecho lo contrario del mandato de las urnas contra la herencia de los diez años de gestión menemista. Menem fue un traidor al peronismo y De la Rúa a todos los argentinos por prometer que haría todo lo contrario.
Desempleo, recesión económica, pobreza, y marginalidad fueron el detonante de una sociedad agotada tras un modelo impuesto a sangre y fuego en 1976, que tuvo que necesitar del peor peronismo para desmembrar la industria, la educación, la salud, la soberanía argentina a partir de los años 90 hasta el 20 de diciembre de 2001. No alcanzaba con desaparecer personas, torturar, matar, robar los bebés de esos a quienes odiaban, tarea en las sombras alentadas en la superficie por empresarios y los medios de comunicación.
Once años se cumplen hoy de ese 20 de diciembre de 2001, día que explotó una crisis que un año atrás había dado muestras de que se trataba también de una crisis moral un año atrás con motivo de los sobornos en el Senado por la aprobación de la ley "Banelco", de flexibilización laboral.

Una acción que involucraba al propio De la Rúa, un personaje producto de un sistema político de punteros, dentro del que fue alguna vez un partido político mayoritario. De la Rúa fue el invento de los medios de comunicación hegemónicos, como el mencionado mitrista diario La Nación, un hombre descripto como un estadista que en realidad era un cínico perverso, un autista de la verdadera realidad nacional, un neoliberal sin preparación alguna, que detrás de una cara de boludo y una torpe movilidad física, se escondía un asesino. De la Rúa en todo momento veía desde las cortinas de la Casa de Gobierno como su policía mataba en esa Plaza hasta que se lo llevó el helicóptero de la verguenza y nada hizo para evitarlo siendo aún presidente, elegido ampliamente por las urnas dos años antes. Larga vida a De la Rúa, hoy procesado y futuro condenado. Que se pudra en la cárcel y sea todo lo que no hay que ser.
El 20 de diciembre de 2001, aquella crisis precipitó otra de carácter institucional, ya que al carecer de vicepresidente debió hacerse cargo el titular provisional del Senado, el justicialista Ramón Puerta. Demasiado peso para tan escaso chimango, Puerta convocó a una Asamblea Legislativa que designó a cargo del Poder Ejecutivo al entonces gobernador peronista de San Luis, Adolfo Rodríguez Saá, en los términos dispuesto por la ley de Acefalía 20.972.
A Rodríguez Saá lo invadió el pánico en medio de las cacerolas y demás marchas. Tanto miedo que a los pocos días renunció por fax desde San Luis y abandono la Presidencia. Cobarde y mentiroso. A Puerta también le faltó lo que hay que tener en estas circunstancias lo cual obligó que se hiciera cargo del Poder Ejecutivo al titular de la Cámara de Diputados, el ex intendente de Quilmes, Eduardo Camaño, quien convocó nuevamente a la Asamblea para el 1º de enero de 2002.

Para completar el mandato de De la Rúa, la Asamblea designó al bombero de su propio incendio. El senador Eduardo Duhalde, el vice de Menem, el que fundió la Provincia de Buenos Aires en en casi diez años de desgobierno. Duhalde tampoco tuvo lo que hay que tener. Tras los crímenes de Kosteki Santillán, el 26 de junio de 2002, a manos de la Policía Bonaerense que en sus tiempos de gobernador nunca dominó, Duhalde precipitó la más rápida salida electoral.
El 20 de diciembre para quien esto apunta fue un antes y después en su vida. Estuve presente en esa Plaza repleta de dolor, sangre y muerte. Lo ví, no me lo contaron. Ese 20 de diciembre de 2001 desató la muerte de un modelo y la gestación de Néstor Kirchner, el nuevo presidente con sólo el 22 por ciento -su contrincante, Menem, que apenas había logrado dos puntos más, se bajó de la segunda vuelta- y, así, en la peor situación imaginable el santacruceño asumió la presidencia el 25 de mayo de 2003.
La historia en estos once años ya es conocida. Kirchner asumió varias luchas que se resumen en la batalla cultural contra las grandes corporaciones de los medios. Algún gobierno de la democracia tenía que animarse a enfrentar a un grupo de empresarios periodísticos que sacan y poner presidentes desde hace casi cuarenta años tras la muerte del entonces mandatario Juan Domingo Perón, el hombre que cambió la historia argentina. Y ya apuntaremos subjetivamente sobre él.
El 20 de diciembre ya es parte del almanaque de la historia. Cuando un pueblo dijo basta a los intereses de unos pocos.
Desde niños nos hicieron creer que los militares sanguinarios, traidores al legado sanmartiniano y belgraniano, eran los enemigos del pueblo. No, ellos son solo una herramienta más del verdadero enemigo, que tiene muchos motes: el Imperio, el poder Financiero Internacional,  las 200 familias que manejan el núcleo del dinero del mundo. Que no quieren un país que se los subordine y sea industrial y soberano. Lo quieren en la periferia.Traidores a la Patria son aquellos hermanos que juegan a favor de estas familias en desmedro de su propio país. Allí están los Marcelo Bonelli, los Chiche, los Lanata que se ponen contento porque a la Argentina, su país, le hacen un juicio los fondos buitres de esas familias, todo por estar en desacuerdo con un gobierno democrático que se elige o desecha en las urnas. Total, ellos se llevan la plata afuera.
Son voceros que la van de periodistas de los Magnetto, empresario argentino funcional esas familias que planifican la hambruna, la ganancia y el entorpecimiento del desarrollo de los Estados. Ellos necesitan que no crezcan ni manejen sus riquezas, ya que las reservan para ellos mismos de acuerdo a sus cálculos y sus planes de supervivencia.  Ellos que venden armas, las fabrican, fabrican guerras, se quedan con el control de sus países y sus riquezas, avanzan sobre sus culturas, su identidad, sus hijos y sus nietos. Sino, que pasa el viernes pasado en los Estados Unidos; otra masacre, otra inseguridad.
Por todo esto y más, a recordar, pensando, reflexionado este 20 de diciembre de 2012, a once años del día que cambió el modelo de país.